Dar el alta en un tratamiento psicopedagógico

Tiempo estimado de lectura: 8 minutos.

Sobre el fin de los tratamientos

Parece paradójico, pero empezando el año me puse a pensar en los momentos de fin de tratamiento.

Arranco pensando en cómo cerrar procesos de trabajo.

¿Porqué? Porque en este mes retomaré mis actividades, y revisando la agenda siento la alegría de que con cada nene con el que voy a trabajar (probablemente el año entero) tenemos mucho por hacer.

Dicho de otra manera, los pacientes que siguen conmigo en este año que empieza, están todos en procesos activos e involucrados. Y yo con ellos. No sigo trabajando con pacientes en los que no encuentre sentido seguir o que no observe que haya una actividad terapéutica.

Y además, creo que es bueno mirar a los pacientes desde su potencial, porque es probable que varios de los niños que ocuparán mi agenda, logren buenos avances y podamos pensar en darles el alta.

Cuando damos el alta ¿está todo cumplido?

Ya he dicho y sostengo que no. Que claramente siempre quedan temas por trabajar. A ver… ¡trabajamos con seres vivos! Y la vida es así, siempre trae nuevos desafíos!

Me burlo un poco porque la perfección, la claridad, la calma absoluta nunca se va a lograr. La fluidez de nuestra existencia hace que los desafíos se multipliquen y reactualicen continuadamente sólo por estar vivos.

Tal vez podemos plantear un alta cuando nuestro/a paciente ha logrado construir buenos recursos para resolver de la mejor manera posible estas situaciones.

Siempre hay etapas

En un proceso psicopedagógico es importante ir reconociendo y delimitando etapas. Estas etapas están regidas por

  • los tiempos de maduración,
  • los tiempos de evolución,
  • los objetivos logrados,
  • y tiempos en los que el vínculo generado entre quienes participamos, toma una forma que reconocemos ya no será efectiva en función de la tarea terapéutica.

Que el vínculo se desvirtúe de su función original, puede pasar en cualquier tratamiento, pero mucho más en los tratamientos que llevan y suman muchos años de trabajo.

Por las características de algunos pacientes que pueden necesitar ayuda mucho, mucho tiempo puede ocurrir que vamos a acompañarlos a pedido de ellos, a sugerencia nuestra. Por ello es bueno reconocer si hay algo en nuestra forma de vincularnos y ofrecer nuestro servicio que se corre de eje y perjudica tanto a quien recibe la ayuda, como a quienes la brindamos. Los afectos se empastan, se confunden los lugares, y no… eso no funciona más.

Plantear objetivos realistas

Si pensamos objetivos para nuestros pacientes podemos ordenarnos en distintas categorías, prioridades y niveles: cognitivos, afectivos, familiares, de aprendizaje escolar… armamos para cada paciente un mapa especial.

Por poner un ejemplo, podríamos proponer cuestiones muy concretas: que logre leer palabras de sílaba directa, que pueda escribir una oración simple, que cuente, reconozca números, que realice cálculos sencillos.

O podemos poner objetivos a mediano plazo: que se alfabetice a un nivel de 1er grado. Que pueda respetar turnos en un juego reglado.

O podemos plantear objetivos macro. Que logre autonomía. Que madure. Que pueda expresar sus necesidades claramente y sin ayuda.

O los objetivos idealistas: Que sea feliz. Que pueda todo lo que se propone. Que resuelva sus conflictos sin ayudas externas.

Cuanto más claro tengamos internamente los objetivos a trabajar, cuando mejor explicitados a la familia estén estos objetivos, más claro será el momento de cerrar nuestro trabajo.

Poner objetivos alcanzables, razonables en función del niño/a y del medio en el que se encuentra, en función de su realidad, mejor orientado estará el tratamiento y en consecuencia, será más claro el momento, si llega, de despedirnos.

¿Cómo hacer un buen cierre?

Como siempre digo, no lo sé. No sé cómo hacer esto bien. No hay reglas ni instructivos. No hay trucos ni formas clásicas.

Pero me he despedido algunas veces de pacientes y familias, y algo de esto es lo que puse en práctica y creo que fue bueno para todos.

Cerrar un tratamiento no se trata de dar un diplomita y chau. Es todo un proceso que deberá reflejar elementos del propio proceso de trabajo. Donde pondremos en relieve los logros, los aprendizajes y dominios que antes no había, las posibilidades y herramientas que se construyeron. Y esto debe hacer tanto para el paciente, como para su familia y para nosotros.

Al terminar un trabajo, haya sido de pocos meses o muchos años un buen balance y cierre es una intervención en sí misma. 

Vamos a partir de un supuesto caso donde se lograron los objetivos planteados. Se cumplieron las expectativas.

¿Porqué es importante despedirnos?

  • Porque vamos a estar afirmando que los cambios se dieron. Y que vemos en conjunto, ellos y nosotros, las mejoras. Darle valor a eso en la experiencia del paciente y de su familia, potencia el reconocimiento de su responsabilidad en el proceso.
  • Porque vamos a estar devolviendo a la familia la implicación que deberán seguir teniendo en las dificultades de su hijo.
  • Porque necesitamos despegarnos de este caso para poder ayudar a algún otro.

Dar lugar a nuevos pacientes energiza las ganas de trabajar.

Sostener casos que no necesitan de nuestra asistencia, tal vez porque necesitamos el ingreso económico, por un apego nuestro a esa familia, porque hay un convenio con la escuela, o por cualquier otra razón que no sea la genuina necesidad del paciente, empobrece nuestra capacidad de operar.

Al menos es mi experiencia. Si no siento que estoy ayudando, sale poco de mí. Soy menos creativa, me aburro, siento que cobro un honorario que no merezco.

Pero cuando el paciente y su familia están activos en el proceso de trabajo psicopedagógico, aún cuando la escuela u otros actores intervinientes no vieran la necesidad, siento que hay mucho por hacer.

Sabernos despedir es un gran aprendizaje.

¿Cómo hacerlo?

  • Dar tiempo a que se hable sobre todo lo trabajado.

La carpeta o archivo que lleven de su paciente es un buen recurso.

Poder revisar viejas producciones.

Leer juntos las anotaciones.

Recordar momentos.

  • Reformular junto al niño o niña elementos de su vieja posición.

Un nene una vez se rió de sus dibujos de más chiquito diciendo, «¡Qué tonto que era! Dibujaba como un tonto!»

Eso dio lugar a trabajar la diferencia entre ser tonto, y poder-distinto. Reconocer que ese juicio tan duro sobre sí mismo es diferente a comprender que en un momento pudimos estar menos preparados o menos maduros. Fue bueno ayudarlo a ablandar este juicio sobre sí mismo. Porque esa reflexión se hizo sobre su ser-pequeño, pero en palabras y pensamientos de hoy. Esas palabras internas, seguramente calmarán sus ansiedades actuales si en algún momento se siente tonto, tal como él dijo.

  • Permitir que se lleve algo de su material si lo pide.

Yo guardo las historias clínicas enteras. Nada se tira. Reduzco el tamaño tal vez de las hojas de cuadernillos, o prácticas poco interesantes,  pero nada de la producción original del paciente se saca. Entonces no le daría todo lo que hizo en sesión, pero sí si elige algo, será de él o ella.

Ahora es fácil digitalizar el material, puedo en un instante hacer un pdf con el celular, y archivar aquello que quiera llevarse.

  • Dar un ánimo positivo a las sesiones de despedida.

Evito las largas recopilaciones, nostalgias o memorabilias. No hago regalos y no espero que me hagan regalos a mí. Pero sí podemos despedirnos jugando con sus juegos preferidos, jugando por placer, o dibujando, nada de trabajo. Es decir, facilitando el cierre como algo natural, dentro del mismo contexto de la sesión.

  • Agendar cuándo es la última sesión

Una vez anunciado el fin de tratamiento, y si estamos todos de acuerdo, en menos de un mes, dejaremos de vernos. Los procesos largos, chiclosos de despedida, aguachentan lo que queremos transmitir con esta intervención.

  • Facilitar la comunicación para próximas veces

Claramente podemos vernos en alguna sesión especial. Eso el paciente lo tiene que saber. Que pueden escribirnos o enviarnos mensajes, que podemos pautar un encuentro especial. Alguna invitación a jugar cada tanto.

Y al final…

En mi experiencia, el plan de volvernos a ver alguna otra vez nunca se produjo.

Cuando nos vamos, es así. Fin final. No hay reencuentros esporádicos.

Pero es bueno que se mantenga la disponibilidad.

Con frecuencia las mamás hacen algún contacto en momentos especiales. Una familia me envía mails cada tanto muy cariñosos con las novedades de mi paciente. Cuando terminó primaria, luego secundaria, y hace poco que se recibió de sus estudios superiores. Pasaron muchos años y me sigue gustando saber de ellos.

Me permito pensar que si fue buena la despedida, de algún modo se facilitó que el vínculo permanezca, aún cuando no nos hemos vuelto a encontrar.

 

Espero sus comentarios, cuéntenme si empiezan con agendas llenas de buenos objetivos y les deseo que sea un gran año de trabajo.

 

María Inés Acuña

  Psicopedagoga

Por | 2019-04-05T17:13:01-03:00 febrero 28th, 2019|[Ser Terapeuta]|6 Comentarios

  1. Felicia Burlando febrero 28, 2019 at 9:46 pm - Reply

    Esta nueva entrega de Palabra Apropiada, cuando opina sobre lo que debe tenerse en cuenta frente a la finalización de un tratamiento psicopedagógico, excede el marco de su propuesta.
    Nos sirve, por ejemplo, para encarar el cierre de cualquier relación profesional, quizá para concluir maduramente una relación personal que termina.
    Asertividad, calidez, timing, y firmeza en el cierre.
    Muy bueno el consejo de evitar una despedida chiclosa. ¡Tenerlo en cuenta en todo sentido! Hasta para despedirse cuando uno se retira de una velada a la que fue invitado.
    El «tempo» es importante en la vida. No es fácil administrarlo. Y eso lo incluye Maria Ines cuando nos enseña a despedirnos.
    Para mí, abre muchas vías de reflexión .
    Muchas gracias .

  2. Maria Eugenia Zapata marzo 1, 2019 at 6:22 am - Reply

    Muy buen artículo! El arte de contar simple cosas tan profundas. Gracias!

  3. Maria Galarraga marzo 1, 2019 at 8:58 am - Reply

    Todavia, al dia de hoy, tenemos tu carta de alta de Bauti!!Cuanto camino recorrido, Todos (Vos , Bauti y nosotros) crecimos juntos , y sobretodo nosotros aprendimos tanto!!
    La mayor enseñanza saber esperar…..todo llega
    Nunca deje ni dejo de agradecerte!!
    Abrazo grande con el cariño de siempre
    María

  4. María Pujals marzo 1, 2019 at 9:21 am - Reply

    Muy claro y práctico como siempre. Coincido ampliamente en todo lo expuesto. No es bueno mantener en tratamiento a quien por alguna de las razones que enumeraste no debe continuar. Esto empobrece nuestro trabajo y hace que finalmente el espacio caiga. Yo agregaría que, en general, cuando detecto que los objetivos se han cumplido, lo transmito a la familia y sugiero la continuidad del tratamiento durante 2 o 3 meses más para terminar de afianzar los logros. A las familias que se resisten a finalizar por «miedo» o por dudas a «si podrán solos», las aliento a pensar que es bueno para el paciente y para ellos cerrar un ciclo para comenzar otro. Es raro que retomen aquellos con los que el ciclo fue cerrado a tiempo.
    Lo más lindo es seguir recibiendo noticias de todos los logros que van teniendo una vez que ya no continúan con nosotros. Muchos padres envían fotos de boletines, recibimientos, premios logrados, etc.
    Nada más lindo para una psicopedagoga que se nos considere parte del proceso de aprendizaje y de los logros en el desarrollo de ese niño/joven con quien fuimos compartiendo un tiempo breve de ese camino.
    Les comparto fragmentos de un trabajo de Martu (ella me autorizó a publicar su trabajo) quien fue paciente mía, lo hizo para ingresar a una Universidad.

    LISTA PARA CAMINAR
    Si tuviera que describir estos doce años de colegio con una sola palabra elegirá “camino”. Un camino difícil, pero no imposible, y que constó de numerosos obstáculos, pero también de grandes logros. Un proceso, una aventura, que llevó mucho esfuerzo pero el resultado fue grandioso. Fue como subir una gran montaña para llegar a la cima, para luego darse cuenta que todo lo que recorriste para alcanzar la meta, es mucho más impresionante.
    Primer año fue un tramo difícil del camino, porque todos parecían avanzar fácilmente, dejándome a mi detrás, perdida. Sin embargo, toda persona que está perdida, puede retomar el rumbo, encontrara el camino y seguir adelante, solo necesita un pequeño empujón, una ayuda. Y esa ayuda apareció y no solo fueron mis padres, sino que también lo fue el colegio. Ellos me recomendaron que vaya a un sicopedagoga, al darse cuenta que tenía dislexia, y la verdad es que nunca podré darles las suficientes gracias por esto. Ya que, en los siguientes años con mi psicopedagoga como guía, fuimos desarrollando las herramientas necesarias para poder no solo encontrar el camino, sino también para poder avanzar sola y con fuerza.
    Todo ese esfuerzo había dado sus frutos, estudiar me resultaba fácil, inclusive leer, la tarea que antes tanto me costaba, fue haciéndose más simple. Mejoré increíblemente en pocos años. Pero más importante, aprendí a encontrar la belleza de la lectura, ahora no solo no me costaba, sino que disfrutaba pasar horas leyendo y lo fue tan placentero, que cuanto más largo el libro era mejor. Si alguien, cuando tenía seis años o incluso a los trece, me hubiera dicho que iba disfrutar tanto leer, me hubiera reído en sus caras.

    • María Inés Acuña marzo 1, 2019 at 5:31 pm - Reply

      QUé hermoso lo que escribió Martu! Esos premios que nos da el trabajo son maravillosos. Gracias María, beso grande.

  5. Saber decir adiós – Palabra Apropiada noviembre 28, 2019 at 7:11 pm - Reply

    […] ya escribí 👉🏽 aquí a principios de año. Ahí me planteaba algunos objetivos para trabajar con los nenes que iban a venir a […]

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